lunes, noviembre 20, 2006

"Yo sé y tengo pruebas", por Roberto Saviano

Extraído de Rebelion.org

Nuovi Argomenti / Nazione indiana
Traducido para Encontrarte, Rebelión y Tlaxcala por Gorka Larrabeiti

... porque pese a todo, la verdad existe.

Victor Serge

Yo sé y tengo pruebas. Yo sé cómo se originan las economías y dónde toman su olor. El olor del éxito y el de la victoria. Yo sé qué rezuman las ganancias. Yo sé. Y la verdad de la palabra no hace prisioneros porque todo lo devora y de todo es prueba. Y no debe arrastrar contrapruebas ni tramar sumarios. Observa, sopesa, mira, escucha. Sabe. No condena a ninguna celda y sus testigos no se retractan. Nadie se arrepiente. Yo sé y tengo las pruebas. Yo sé dónde se desvanecen los manuales de economía transformando sus fractales en materia, cosas, hierro, tiempo y contratos. Yo sé. Y lo saben mis pruebas, que no están escondidas en un pen drive a salvo en algún agujero bajo tierra. No tengo vídeos comprometedores en ningún garaje escondido de ningún pueblito inaccesible en la montaña. Tampoco poseo documentos en ciclostilo de los servicios secretos. Las pruebas son irrefutables por ser parciales, grabadas con el iris, contadas con palabras y templadas con emociones que han rebotado en hierro y madera. Yo veo, intuyo, miro, hablo, y así testifico, fea palabra que todavía puede valer cuando susurra: “es falso” al oído de quien escucha cantilenas rimadas y acariciadas por los mecanismos de poder. La verdad es parcial; en el fondo, si se pudiera reducir a una fórmula objetiva, sería química. Yo sé y tengo las pruebas. Luego cuento. Cuento estas verdades.
Siempre intento calmar esta ansiedad que se me desata cada vez que camino, cada vez que subo escaleras, cojo ascensores, cuando me limpio las suelas en los felpudos y cruzo umbrales. No puedo frenar este perenne reconcomio del alma por cómo se han construido los edificios y las casas. Y si luego tengo a alguien al alcance de la palabra logro controlarme a duras penas sin contarle cómo van para arriba pisos y balcones hasta el tejado. No es un sentido de culpa universal lo que me domina, tampoco la redención moral que se siente por quien ha sido desplazado del sendero de la historia. Más bien intento desmontar ese mecanismo brechtiano que se ha vuelto connatural en mí de pensar en las manos y los pies de la historia, o sea, más en los cazos siempre vacíos que condujeron a la toma de la Bastilla que en las proclamaciones de la Gironda y los jacobinos. No puedo dejar de pensar en ello. Siempre caigo en este vicio. Como quien mirando un Veermer pensase en quién habrá empastado los colores, o en quién habrá montado el lienzo en el marco, o en quién habrá engarzado los pendientes de perlas, en vez de contemplar el retrato. Pura perversión. Ni queriendo consigo olvidarme de cómo funciona el ciclo del cemento cuando veo un tramo de escalera, y el hecho de ver una vertical de ventanas no me distrae de cómo se monta la torre del andamiaje. No consigo hacer como si nada. No consigo ver sólo las paredes sino que pienso en la masa y la paleta. Pienso hasta en los callos que produce el mango de madera del fratás, pienso en cómo tiran las muñecas al revocar. Será que a lo mejor quien nace en ciertos meridianos tiene una relación con algunas sustancias de manera singular, única. Una relación que, en otros lugares, no podría ser sino distinta. No toda la materia se percibe igual en todas partes. No sé, creo que en Qatar el olor del petróleo y de la gasolina evocará sensaciones y sabores de residencias inmensas, monocultivos y gafas de sol y limusinas aunque, quizá en el día a día, el tufo de gasolina y petróleo se sienta menos que en Madrid. El mismo olor ácido del crudo creo que en Minsk evocará caras oscuras, fugas de gas y ciudades ahumadas mientras en Bélgica ha de evocar el olor a ajo de los italianos y el de cebolla de los magrebíes, cuerpos que se sumían en las minas. Lo mismo sucede con el cemento en el sur de Italia. El cemento. Petróleo del sur. Todo nace del cemento. No existe imperio económico nacido en el mediodía que no pase por la construcción. Contratas, concursos públicos, canteras, cemento, grava, argamasa, ladrillos, andamios, obreros. Los pertrechos de un empresario italiano son éstos. El empresario italiano que no tiene los pies de su imperio (principado o feudo de infanzón) en el cemento no tiene esperanza alguna. Hay que imaginarse su maletín similar al que hace años producía la MicroMachine. Un maletín para niños, que se abría y de cuyas paredes salían microhormigoneras y obreros enanitos, trompas para desescombrar y grúas. Habría que imaginar así el maletín de todo aquel que esté por la labor de convertirse en empresario potente y triunfante. Es el oficio más simple para hacer dinero en el menor tiempo posible, ganarse la confianza, contratar personal al son que marcan las elecciones, repartir sueldos, acaparar financiación, multiplicar el rostro de uno en virtud de la fama de los edificios que se construyen. El talento del constructor es el del mediador y el del buitre. Posee la paciencia del cartujo curtido en documentación burocrática, esperas interminables, permisos sedimentados como lentas gotas de estalactitas. Y además el talento rapaz que le permite planear sobre terrenos insospechables, hacerse con ellos por cuatro perras y después guardarlos hasta que todos y cada uno de sus centímetros, todos y cada uno de sus agujeros se puedan revender a precios exponenciales. El empresario rapaz sabe bien cómo valerse del pico y las garras. Los bancos italianos saben conceder a los constructores el máximo crédito; digamos que los bancos italianos parecen edificados para los constructores. Y en caso de que el empresario no tenga mérito alguno, en caso de que las casas por construir no le bastaran como aval, siempre habrá algún buen amigo del constructor que lo avale. La concreción del cemento y de las habitaciones es la única materialidad verdadera que conocen los bancos italianos. La investigación, los laboratorios, la agricultura o la artesanía, los directores de banco se los imaginan como territorios vaporosos, hiperuránicos y carentes de gravedad. Cuartos, pisos, azulejos, tomas telefónicas y eléctricas. Yo sé y tengo las pruebas. Sé cómo está construida media Italia. Más de media. Conozco las manos, las empresas, los proyectos. Y la arena. La arena con que se han levantado edificios y rascacielos. Barrios, parques, chalets. En Castelvolturno nadie olvida las infinitas colas de camiones que saqueaban la arena del río Volturno. A partir de los años 70. Camiones en fila, que atravesaban tierras orilladas por campesinos que jamás habían visto semejantes mamuts de hierro y goma. Habían conseguido quedarse, resistir sin emigrar y estaban arramblando con todo delante de sus narices. Ahora aquella arena está en las paredes de los bloques de viviendas de los Abruzos, en las casas de Varese, Asiago, Génova. Ahora ya no es el río el que va a dar a la mar, sino la mar la que entra en el río. Ahora en el río Volturno se pescan lubinas y ya no hay campesinos. Sin tierra, empezaron a cultivar búfalas, y después empezaron a montar empresitas de construcción con nigerianos y surafricanos sustraídos a las labores de temporero, y cuando no se asociaron con las empresas de los clanes, conocieron muerte precoz. Yo sé quien ha construido Emilia Romaña, los barrios nuevos de Milán, yo sé quién construye las villas en Toscana, las empresas de Michele Zagaria, uno de los delincuentes más buscados, que trabajan mediante subcontratación en media Italia. Las ventajas que tienen estas empresas y sus clientes son infinitas; saquean los áridos de colinas y montañas. A las empresas de extracción se les autoriza obtener cantidades mínimas, pero en realidad muerden, devoran montañas enteras. Toneladas de cantos a bajo coste salen de estos lugares. Grava a coste cero que volverá competitivas las compañías del norte de Italia mientras en media Europa intentan acapararla puesto que está convirtiéndose en mercancía cada vez más escasa. No en el sur. Donde no queda nada por excavar, construir ni levantar. Yo sé y tengo las pruebas. Aquí la deportación de las cosas ha seguido a la de los hombres. Montañas y colinas despedazadas y amasadas en cemento acaban por todas partes. De Tenerife a Sassuolo. A menudo, mientras las compañías de los clanes perforan, rompen por error una capa acuífera y las canteras se convierten en lagos artificiales. Podría parecer un freno a la carrera devoradora de los constructores. No lo es. Al gestionar los clanes también los residuos tóxicos, se hacen con contratas para la eliminación de venenos industriales, y haciendo como que los eliminan en vertederos inexistentes, se adjudican la eliminación de materiales de desecho peligrosos a precios tan bajos que no hay empresa europea capaz de competir con ellos. No se trata de eliminar, sino de tirar. En realidad las compañías no tienen ningún lugar donde eliminar los desechos tóxicos ni tampoco instalaciones adecuadas para ello. Los hunden en las lagunas. De modo que no sólo ganan con la extracción abusiva sino que crean un lugar donde esconder residuos tóxicos. Así se puede obtener dinero fresco y hacer que las propias compañías resulten aún más competitivas de cara al servicio subcontratado de los mejores constructores en circulación. Una vez, en un viejo restaurante de San Felice a Cancello, conocí a Don Salvatore. Un viejo capataz. Era una especie de mortaja ambulante, no pasaba de los 70 años, pero aparentaba más de 80. Me contó que durante diez años tuvo el encargo de repartir en las hormigoneras polvo de extracción de humos. Toneladas de cemento amasado con polvo venenoso cuya eliminación habría acarreado costes altísimos en los presupuestos de las empresas. Con la mediación de las compañías de los clanes camorristas, los costes se rebajaron y la eliminación oculta en el cemento se convirtió en la cinética que permite aún a las empresas presentarse a concursos de contratación con precios de mano de obra china.
Ahora garajes, paredes y descansillos almacenan venenos en su vientre. No sucederá nada hasta que se agrieten y quizá algún obrero magrebí respire el polvo y la palme al cabo de unos años culpando a la mala suerte de su cáncer. Los empresarios italianos pujantes no tienen mayor fuerza que la de estas compañías capaces de arrasar tanto por precios como por calidad. Cada una de las ventajas reposa en la mano de obra y los materiales. Provienen del cemento. Ellos mismos forman parte del ciclo del cemento. Antes de transformarse en maridos de chicas de portada, en ejecutivos con yate, en depredadores de grupos financieros, en compradores de diarios enteros, antes de todo esto, detrás de todo ello, están el cemento, las empresas en subcontratación, la arena, el pedrisco, los camioncitos repletos de obreros que trabajan de noche y desaparecen por la mañana, los andamios podridos, los seguros de pega. Sobre el espesor de estas paredes se apoyan quienes impulsan la economía italiana. La Constitución debería cambiar. Escribir que se basa en el cemento y los constructores. Son ellos los padres. No Einaudi, Ferrucio Parri, Nenni y el comandante Valerio. Fueron los constructores los que sacaron a Italia, tirándola de los pelos, del abismo en que había caído en época de la quiebra de Sindona y la condena inapelable del Fondo Monetario Internacional. Esos constructores se llamaban Genghini, Belli, Parnasi. Luego llegaron los Caltagirone. Cementeras, contratas, edificios y periódicos. Hoy los nuevos rostros. Ricucci, Coppola, Statuto. Los tres nuevos empresarios pujantes.
Yo sé. Sé cómo se trabaja en las obras. Cómo se montan los andamios, cómo en Italia la mayor parte de las obras incumple las normas, cómo se saquean los materiales, cómo se sustraen terrenos, cómo se mantienen en negro los obreros. Los mecanismos son científicos; los conforman las mentes más brillantes de los asesores comerciales del país. Se obliga a los obreros a firmar nóminas perfectamente en regla. Así, sobre todo en el Norte, en caso de eventuales controles de los sindicatos todo entra dentro de la norma. En realidad, los trabajadores reciben el 50% menos de lo indicado. Un modo de demostrar a los inspectores de trabajo que se respetan los contratos. Un diseño de pura y dura evasión fiscal que resta al Estado, sólo en lo que respecta a las compañías que operan en el norte, 500 millones de euros, según afirman los sindicatos confederados de la construcción. Cifras que corresponden a la lógica de la máxima rebaja. Más del 40% de las compañías constructoras que actúan en Italia son del Sur. El agro aversano, napolitano, salernitano. Sin contar los miles de compañías subcontratadas, que no dejan huellas y que, por tanto, quedan fuera de las estadísticas. Las empresas llegan bien cargadas de chicos meridionales y rumanos. Pocos africanos. La fuerza absoluta de los carteles criminales es la construcción. El certificado antimafia. Hoy por hoy ridículo. Todas las compañías de Totò Riina y de Francesco Schiavone “Sandokan” tenían certificado antimafia. Para conseguirlo, basta con demostrar que en la empresa no trabajan personajes condenados por asociación mafiosa. ¡Qué ingenuidad! Incluso si un afiliado condenado por mafia fuera dependiente suyo, trabajaría en negro, y los controles son inexistentes. Y sin embargo, es cierto. Los afiliados van a parar, virando en redondo, a la construcción. Tras una carrera como sicario, chantajista o vigilante. Vamos, después de haber pasado por el ejército de los clanes, se termina en la construcción o recogiendo basura. En vez de soltarles documentales y conferencias en la escuela, más valdría coger a los chiquillos recién afiliados, y llevarles a dar una vuelta por las obras enseñándoles el destino que les espera cuando envejezcan (siempre que la cárcel y la muerte se lo permitan): estarán en unas obras consumiéndose y expectorando catarro de cal y sangre. Mientras tanto, los empresarios y negociantes que los padrinos creían controlar obtendrán comisiones y modelos por esposas. De trabajo se muere. Continuamente. La velocidad de las construcciones, la necesidad de ahorrar a costa de la seguridad y de no respetar los horarios. Turnos inhumanos de 9/12 horas al día sábados y domingos incluidos. 100 euros por semana, la paga con las extraordinarias nocturnas y dominicales de 50 euros por 10 horas. Los más jóvenes se hacen hasta 15. Quizá metiéndose coca, que aquí se vende a 15 euros la raya. Las máscaras para evitar la inhalación de polvo parecen una provocación y los cordeles que deberían sujetar los cuerpos de los obreros a los andamios los usa el encargado para llevar sus manojos de llaves. Cuando se muere en las obras, se pone en marcha un mecanismo bien ensayado. El cadáver se saca de la obra y según cuál sea la zona, se simula un accidente de tráfico. Lo ponen en el coche que después dejan caer por algún terraplén o precipicio, sin olvidar que al final hay que prenderle fuego. La cantidad que paga el seguro se le hace llegar a la familia del muerto a modo de liquidación. No es raro que, al simular un accidente, resulten gravemente heridos los simuladores, sobre todo cuando hay que empotrar un coche contra una pared, antes de darle fuego con el cadáver dentro. Cuando el capataz está presente, el mecanismo funciona. Cuando no está, el pánico atenaza a menudo a los obreros. Y entonces se coge al herido grave, el casi-cadáver y le dejan casi siempre cerca de una calle que conduce al hospital. Pasan con el coche, se arregla el cuerpo y huyen. De ser escrupulosos, llaman una ambulancia. Quien quiera que participe en la desaparición o el abandono del cuerpo casi cadáver sabe que sus colegas harán lo mismo con él en caso de que se destroce estampándose contra el suelo o se clave lo que sea en el cuerpo. Sabes seguro que quien está a tu lado te dará el golpe de gracia. Y así hay una especie de desconfianza en las obras. El que está a tu lado podría ser tu verdugo, o tú el suyo. No te hará sufrir pero será quien te deje palmarla solo, tirado en la acera, o será el que te pegue fuego dentro de un coche. Todos los constructores saben que funciona de esta manera. Y las compañías del sur ofrecen las mejores garantías. Trabajan y desaparecen y todos los imprevistos los resuelven sin mucho ruido. Yo sé y tengo las pruebas. Y las pruebas tienen un nombre. Son Ciro Leonardo, muerto a los 17 años, mientras estaba reparando un desván, tras caer de un séptimo piso. Las pruebas se llaman Francesco Iacomino, que tenía 33 años cuando lo encontraron con el buzo puesto en el suelo adoquinado del cruce de las calles Quattro Orologi y Gabriele D’Annunzio en Ercolano. Nicola Tricarico, de 26 años, electrocutado mientras trabajaba en la reforma de una tienda. En negro. Después del accidente se escaparon todos, aparejador incluido. Nadie llamó a la ambulancia por temor a que llegase antes de su huida. Dejaron el cadáver allí, enfriándose. Y cuando se muere en el Norte, si no da tiempo a abandonar el cuerpo en el Sur, el coche accidentado está listo con la gasolina para ocultar el cuerpo en un accidente en una de las concurridísimas y ensangrentadas carreteras padanas. Durante siete meses en las obras del norte de Nápoles murieron 15 obreros de la construcción. Muertos al caer, aplastados por palas mecánicas, hechos papilla bajo grúas conducidas por obreros exhaustos por las horas de trabajo. Hay que actuar deprisa. Aunque las obras duren años, las compañías subcontratadas tienen que dejar paso rápido a otras. Ganar, hacer caja e irse a otra parte. Cuanto antes se levantan las casas, antes se venden, antes se hace uno empresario, antes se va el dinero a otro lugar. Antes se pueden comprar surtidores de gasolina, antes se pueden conseguir avales en el banco, antes se puede uno casar con una modelo, antes puede uno comprarse todo un periódico. En el Sur se puede extraer, se puede seguir extrayendo. Se pueden depredar tierras, morder montañas, esconder venenos bajo la moqueta de la tierra. En el Sur, todavía pueden nacer imperios, las mallas de la economía se pueden forzar y el equilibrio de la acumulación originaria aún está por completar. En el sur habría que colgar carteles desde Apulia hasta Calabria que dijeran BIENVENIDO a los empresarios que quieran lanzarse al ruedo del cemento y entrar en pocos años en los salones romanos y milaneses. Un BIENVENIDO que sabe a buena fortuna porque la refriega es mucha y poquísimos pueden quedar a flote en arenas movedizas. Yo sé. Y tengo las pruebas. Y los nuevos constructores propietarios de bancos y de yates, príncipes del cotilleo y majestades de nuevas furcias guardan con celo sus ganancias. A lo mejor aún les queda alma. Tienen vergüenza de declarar de dónde vienen sus ganancias. En su país modelo, en EEUU, cuando un empresario llega a convertirse en referencia financiera, cuando alcanza fama y éxito, sucede que convoca a los analistas y a los jóvenes economistas para enseñar sus cualidades económicas, desvelar el camino recorrido para hacerse con la victoria en el mercado. Aquí, silencio. Vergüenza. Y el dinero es sólo dinero. Giuseppe Statuto y Danilo Coppola, los empresarios-ganadores provenientes de la zona de Aversa, de una tierra enferma de camorra, responden cristalinos a quien les atormenta por su éxito: “Compré a 10 y he vendido a 300”. Una fórmula que difícilmente podrá pregonarse como modelo de meritocracia y perseverancia para obstaculizar las cinéticas criminales. Pero ¿quién señalaba estos negocios? ¿quién tenía semejante control capilar del territorio? ¿qué agentes válidos han usado para comprar tan barato los terrenos? No hay respuesta. De la tierra coges, luego construyes, de la construcción obtienes un aval, y así puedes tener una deuda y de la deuda más edificios y luego barcos y luego bancos... El mecanismo es trivial. Tierra y espacio para construcciones. Es como si se extrajera al revés. No se excava de la tierra carbón y bauxita: de la tierra se excava el aire y luego la luz y se ocupan vanos de oxígeno: el recorrido es el inverso, de espaldas al suelo y extracción al revés. Alguien ha dicho que en el sur se puede vivir como en un paraíso. Basta con mirar hacia arriba y no atreverse jamás a mirar hacia abajo. Pero no es posible. La expropiación de perspectivas también ha robado espacios a la vista. Toda perspectiva tropieza con balcones, trasteros, buhardillas, comunidades, edificios abrazados, barrios anudados. No se piense aquí que nada pueda caer del cielo, la lluvia de ángeles descrita por Anatole France que cae sobre París para organizar la mayor rebelión contra los errores de lo creado no es posible ni siquiera en el pleno delirio etílico de alguna noche. Aquí vas para abajo. Te precipitas. Porque siempre hay un abismo en el abismo. Aquí tendrás que gritar las palabras del padre de Ciro: “Que choques contra el suelo y mueras, no te lo imagines como un alma que se evapora tal y como te cuentan en el catecismo o como se ve en la película Ghost: imagina que unas manos te agarran y tiran de ti hacia abajo. Aún más abajo si cabe de esta tierra de infierno en la que vivimos”. Y este abismo no tiene su pueblo. El East End de Londres que hacinaba a sus desvalidos ya no existe, y Jack London, para comprender la herida de la razón occidental debería alternar sus días entre las noches de la nueva burguesía empresarial romana y las construcciones nocturnas. Así, cuando pongo los pies en escaleras y cuartos, cuando monto en ascensores, no consigo no sentir: es un vicio de mi psique. Porque yo sé. Y es una perversión. Y así, cuando me encuentro entre los mejores y más punteros empresarios no me siento bien. Aunque estos señores sean elegantes, hablen con tono sereno, y voten a la izquierda. Yo siento el olor de la cal y del cemento, que les sale de los calcetines, de los gemelos de Bulgari, de sus obras completas de Italo Calvino, de sus novelas negras de Grisham. Yo sé. Yo sé quién construyó mi país y quién lo está construyendo. Sé que no uno no puede vivir una vida de incursiones y tormentos en bonitas villas de Toscana o en Apulia, en películas de Giordana o la Comencini; sé que esta noche sale un tren de Reggio Calabria que se parará en Nápoles a las doce y cuarto antes de llegar a Milán. Estará repleto. Y en la estación, las furgonetas y los Fiat Punto polvorientos recogerán a los chicos para las nuevas obras. Una emigración sin residencia que nadie estudiará ni valorará, pues quedará sólo en las huellas del polvo de cal, y sólo allí. Yo sé cuál es la verdadera constitución de mi tiempo, cuál la riqueza de las empresas. Yo sé en qué medida cada pilar es la sangre de los demás. Yo sé y tengo las pruebas. No hago prisioneros.
Texto original en italiano tomado de :
http://www.nazioneindiana.com/2005/12/02/io-so-e-ho-le-prove/
Gorka Larrabeiti es miembro de los colectivos de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta página se puede reproducir libremente con fines no comerciales, a condición de respetar su integridad y de mencionar a sus autores y la fuente.
Publicado en Encontrarte
http://encontrarte.aporrea.org/teoria/sociedad/53/a12827.html

1 comentario:

Aurora dijo...

Magnífico a la vez que escalofriante. Por desgracia, el amor al cemento no es exclusivo de Italia, eso sí, salvando las diferencias que no son pocas.